
El nororiente colombiano quedó envuelto en un silencio estremecedor cuando Satena, la aerolínea de los colombianos, confirmó que había sido ubicada la aeronave de matrícula HK4709, la misma que horas antes había perdido comunicación mientras cumplía su ruta programada. La noticia, que se propagó rápidamente, marcó el inicio de una jornada de dolor y consternación nacional.
El hallazgo fue reportado por el presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda Curasica, en el municipio de La Playa de Belén, quien alertó a las autoridades sobre la presencia del avión en un área especial de ese corregimiento. Su aviso desencadenó la inmediata movilización de una comisión de rescate hacia la zona, en medio de la expectativa, la incertidumbre y la angustia de familiares y comunidades que seguían minuto a minuto cada actualización oficial.
Con el paso de las horas, la esperanza se transformó en duelo. Las autoridades confirmaron que las personas que viajaban a bordo habían perdido la vida, dejando un vacío irreparable y un profundo dolor que hoy enluta a Colombia, especialmente a las ciudades de Ocaña y Cúcuta, donde muchos de los pasajeros tenían sus raíces y proyectos de vida.
Entre las víctimas se encontraban María Álvarez Barbosa, Carlos M. Salcedo, Rolando Peñaloza Gualdrón, María Díaz Rodríguez, Maira Avendaño Rincón, Anayisel Quintero, Karen Parales Vera, Anirley Julio Osorio, Gineth Rincón, Diógenes Quintero Amaya, Natalia Acosta Salcedo, Maira Sánchez Criado y Juan Pacheco Mejía. Sus nombres, ahora pronunciados con respeto y tristeza, representan historias truncadas y sueños que quedaron suspendidos en el aire.
La tripulación estaba conformada por el capitán Miguel Vanegas y el capitán José de la Vega, profesionales de la aviación que hoy son recordados por su vocación, disciplina y entrega. Su labor, marcada por la responsabilidad y el compromiso, queda grabada en la memoria de un país que acompaña a sus familias en este momento de profundo pesar.
Más allá de las cifras y los reportes técnicos, esta tragedia se convierte en un recordatorio de la fragilidad de la vida y de la necesidad de unidad en medio del dolor. Colombia se viste de luto, y en cada rincón del nororiente se elevan oraciones y mensajes de solidaridad para quienes hoy lloran la partida de sus seres queridos.
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